Jerusalén, Israel. 06 de Jul. (SPI / Edgar Ávila Pérez).- En medio del salón, en un hoyo del piso, se mezclan cientos de zapatos de bebes, niños, niñas, mujeres y hombres. Amontonados, los calzados pertenecieron a decenas de judíos y son un reflejo de vidas truncadas en la II Guerra Mundial.

Usados, sucios y aún con el olor de sus dueños, los calzados ven pasar el tiempo ante la mirada atónita de los visitantes del Museo de la Historia del Holocausto, un espacio de cuatro mil 200 metros cuadrados donde se presenta la narrativa del hecho histórico desde una perspectiva judía.

Uno de esos zapatitos era de una niña de menos de un año llamada Hinda, cuyos padres Tzipora y Dov Cohen, fueron concentrados en uno de los campos de exterminio nazi. Las historias de víctimas individuales a través de objetos originales, testimonios de sobrevivientes y posesiones personales, retratan una de las peores épocas de los judíos.

Tzipora y Dov Cohen, al producirse la invasión alemana a Lituania, trataron infructuosamente de huir a la Unión Soviética, pero fueron internados en el gueto y un año más tarde Tzipora dio a luz una niña a la que llamó Hinda en honor a su madre.

A fines de noviembre de 1943 la pareja fue trasladada al campo de trabajo de Aleksotas, cuyos prisioneros realizaban trabajos agotadores en el aeropuerto aledaño, y en el que vivían en condiciones  muy difíciles.

El 27 de marzo llegaron al campo camiones y los adultos fueron conducidos afuera por un portón diferente al habitual, al regresar descubrieron  que en el centro no quedaba ningún niño.

Dov y Tzipora se dirigieron a la cama de su hija y allí encontraron uno de sus zapatitos y los guantes que le habían tejido. En la suela Dov inscribió la fecha y juró cuidar para siempre de la vestimenta de Hinda.

Tiempo después Dov y Tzipora regresaron al gueto de Kovno y de allí escaparon al bosque. Fueron liberados por el ejército soviético; con el tiempo, Dov y Tzipora pidieron a su familia donar al Museo los objetos que habían pertenecido a su hija Hinda.

Se trata de una enorme exhibición no sólo de objetos personales de los fallecidos y sobrevivientes por las políticas de exterminio de la Alemania nazi, sino de historias personales que convierten la visita en un amasijo de sensaciones en la estructura lineal de 180 metros en forma de flecha que penetra una montaña de un lado a otro.

El museo, en hebreo se llama Yad Vashem, una la institución oficial israelí ubicada en el Bosque de Jerusalén, en la vertiente occidental de Monte Herzl ("Monte del Recuerdo"), con una estructura moderna y funcional.

Aunque se llama Museo de la Historia del Holocausto, los israelíes se niegan a que la matanza de cerca de seis millones de judíos sea bautizado como “holocausto”, pues la palabra viene del griego “Ofrendar a Dios”, por lo que prefieren  llamarlo Shoah que en hebreo significa “La Catástrofe”.

El museo es un gran complejo que alberga institutos  y un centro de investigación, educación y memoria, así como espacios para honrar a los “justos entre naciones”, aquellos no judíos que les ayudaron a escapar del exterminio; y recordar a los miles de niños que perecieron en los guetos.

Las galerías que describen la compleja situación de los judíos durante esos años se abren como ramas del corredor central, también se cuenta a detalle  los pasajes de la guerra; el comienzo y la implementación de la solución final, el mundo de los campos, la resistencia y el rescate.

Los sentimientos, por todos los pasillos, salen a flor de piel, sobre todo al ver, escuchar e incluso oler las pertenencias de los judíos de aquella época, como de la costurera Helen Riva, quien confeccionaba los uniformes grises que vestían en los campos de concentración, pero que siempre colocaba un moñito rojo en las solapas para dar un poco de esperanza.

El alma se estruja cuando se observan los dibujos de Tommy, un  niño cuyos padres le regalaron un libro en su cumpleaños con momentos felices de la vida, con escenarios desconocidos para el infante, pero que buscaban alegrarle ese día dentro de uno de los campos de concentración.

Uno de los puntos medulares del Museo es la Sala de los Nombres, un monumento erigido por el pueblo judío para cada uno de los judíos que pereció en el Holocausto. La sala circular principal guarda la extensa colección de “Hojas de Testimonio” con breves biografías da cada víctima.

El lugar alberga alrededor de dos millones 200 mil hojas y exhibe 600 fotografías y fragmentos de Hojas de Testimonio.

 

Horarios de apertura:
Domingos a miércoles 9:00-17:00
Jueves 9:00-20:00
Viernes 9:00-14:00